sábado, 28 de abril de 2012

I got no faith, I got no hope, I only get me.

Sábado. 6am. Camino apresuradamente por las calles semivacías. Hace frío. No llevo chaqueta, joder. Mi paso es comparable a la velocidad de la luz. Distingo a varios ancianitos dando su paseo matutino. Pienso en mi abuela. Ella también se despertaba pronto. Me llega un olor a churros y chocolate recién hechos. Tengo hambre. Se me cruza un gato negro. Suerte que no soy supersticiosa. Sigo mi recorrido. Me duelen los pies. Maldigo al inventor/a de los tacones. Cruel persona la que quiso que las mujeres sufriéramos (más aún, como si el parto no fuera suficiente). Llego a mi casa. Busco las llaves entre el millón de cosas que hay en mi bolso. Abro la puerta cuidadosamente, intento no hacer ruido. No lo logro. Lo de silenciosa no es lo mío. Mi padre está despierto. Me mira. No dice nada. Subo las escaleras. Oigo pasos que se acercan. Ahora no...-pienso. Discuto con mi madre. Me encierro en mi habitación de un portazo. Pongo la radio. Me desvisto. Me tumbo en la cama. Cierro los ojos. Suena "M-Clan". Me acuerdo de ti. 


domingo, 15 de abril de 2012

Parte I


 La divisó de lejos, por el retrovisor. Su extraña pero graciosa forma de caminar llamaba la atención. Vestía un traje azul oscuro y calzaba unas bailarinas de Zara negras, a juego con un pañuelo que le rodeaba el cuello ligeramente. Un discreto bolsito colgaba de su brazo. Pensó en ella: ¿Qué se habría puesto hoy? Con lo presumida que era, seguro que le habría obligado a recorrer miles de tiendas en busca de algo perfecto, aunque fuera para un evento así. 
Samantha subió al coche, masculló un pequeño "Hola" y le dio dos besos. Él arrancó el motor, tomó la primera salida y giró a la derecha. Permanecieron callados, y él se preguntó en qué estaría pensando su copiloto. ¿En ella? Sí, lo más probable. ¿Qué le podía decir en un momento así? ¿Qué le gustaría que le dijesen? Pero no encontró las palabras adecuadas, así que optó por seguir en silencio. Samantha se recostó en el asiento, apoyó los pies en el salpicadero, se recogió el pelo, e hizo un gesto que él ya había visto tantas otras veces, haciéndole recordar felices pero lejanos recuerdos con ella.
"Pues sí que se parecen" -pensó. La verdad es que no había tenido mucho tiempo de fijarse en Samantha, las múltiples pero breves visitas a su casa no le dieron ocasión de hacerlo.  O puede que sí. Siempre iba buscándola a ella. El caso es que ahora ya daba igual. 
Justo en ese momento, Samantha interrumpió sus pensamientos.
 -¡Para el coche! 
-¿Por qué, necesitas ir al baño? 
-No. Mira- señaló una heladería Häagen-Dazs. 
-¿Quieres bajar?- miró el reloj de su muñeca, un reloj de cuero marrón de Tommy Hilfiguer que precisamente ella le había regalado un año atrás, un 14 de febrero, para celebrar la festividad de San Valentín. Más recuerdos. -Tenemos algo de tiempo, pero tampoco querría llegar tarde. Me comprometí con tu madre a llevarte.
Samantha se limitó a asentir con la cabeza. Esperó a que aparcara el coche, y juntos cruzaron la calle. Entraron en la heladería, y la chica pidió un helado de dos bolas de Strawberry Cheesecake. Él, acostumbrado a que ella nunca llevara dinero encima, pagó automáticamente, sin preguntar. Samantha se sorprendió. No sabía que fuera tan caballeroso. La verdad es que no le conocía mucho. Las pocas cosas que sabía de él se las había oído decir a ella. Qué difícil era ahora recordarla sin entristecerse. 
Se sentaron en una mesita, y ella comenzó a lamer la cuchara. Fue Samantha la que cortó el incómodo silencio. 
-Era su sabor preferido, lo sabías, ¿no?
-Sí, claro. Siempre se empeñaba en venir aquí, decía que los helados eran el mejor invento del mundo. Le encantaba sentarse exactamente donde tú estás, y mirar a la gente que entraba, intentando adivinar el sabor que escogerían. Casi nunca acertaba, pero era divertido.
-Querías a mi hermana, ¿verdad? Todos decían que acabaríais casándoos. 
-Por supuesto. Desde el día en que la conocí, hasta el día en que... -pequeñas lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas. 
 -Creo que no deberíamos haber parado. Es solo que aún no estoy preparada para decirle adiós. Solo quería unos minutos más para hacerme a la idea. Pero ahora parece más difícil... - a Samantha también se le enrojecieron los ojos.

lunes, 9 de abril de 2012

Hot dogs.

Un amigo me dijo que hace unos días pusieron en Cuatro la película "El padre de la novia". Siempre me gustó esa película, porque aparte de que refleja la preocupación típica (y totalmente normal) que sienten los padres al ver que se acerca tan odiado momento en el que, para sus hijas, ellos dejan de ser el hombre de su vida, ironiza dicho momento con situaciones cómicas.
Por ejemplo, me llamó la atención una reflexión que hace Steve Martin cuando va al supermercado. Empieza a abrir un paquete de pan para perritos calientes, y le quita dos panes, dejándolos en la estantería. Luego coge otro paquete y hace lo mismo. Y luego con otro. Llega el encargado del supermercado y le dice: -Disculpe, ¿qué cree que está haciendo?
A lo que el actor contesta: -¿Que qué estoy haciendo? ¡¡¡Estoy sacando los panes que no me hacen falta!!! Porque solo quiero 4, ¡no 6! Algún jefazo de las salchichas se ha debido de poner de acuerdo con otro jefazo de los panecillos, se creen que somos idiotas y que vamos a pagar de más. Por eso quito lo que no quiero, que son estos panecillos.

Es una escena que da mucho que pensar. Cierto es, que ocurre lo mismo cuando compramos queso en lonchas, o embutidos variados, nunca coinciden con el número de rebanadas de pan de molde. ¿Qué paradoja, no?