domingo, 15 de abril de 2012

Parte I


 La divisó de lejos, por el retrovisor. Su extraña pero graciosa forma de caminar llamaba la atención. Vestía un traje azul oscuro y calzaba unas bailarinas de Zara negras, a juego con un pañuelo que le rodeaba el cuello ligeramente. Un discreto bolsito colgaba de su brazo. Pensó en ella: ¿Qué se habría puesto hoy? Con lo presumida que era, seguro que le habría obligado a recorrer miles de tiendas en busca de algo perfecto, aunque fuera para un evento así. 
Samantha subió al coche, masculló un pequeño "Hola" y le dio dos besos. Él arrancó el motor, tomó la primera salida y giró a la derecha. Permanecieron callados, y él se preguntó en qué estaría pensando su copiloto. ¿En ella? Sí, lo más probable. ¿Qué le podía decir en un momento así? ¿Qué le gustaría que le dijesen? Pero no encontró las palabras adecuadas, así que optó por seguir en silencio. Samantha se recostó en el asiento, apoyó los pies en el salpicadero, se recogió el pelo, e hizo un gesto que él ya había visto tantas otras veces, haciéndole recordar felices pero lejanos recuerdos con ella.
"Pues sí que se parecen" -pensó. La verdad es que no había tenido mucho tiempo de fijarse en Samantha, las múltiples pero breves visitas a su casa no le dieron ocasión de hacerlo.  O puede que sí. Siempre iba buscándola a ella. El caso es que ahora ya daba igual. 
Justo en ese momento, Samantha interrumpió sus pensamientos.
 -¡Para el coche! 
-¿Por qué, necesitas ir al baño? 
-No. Mira- señaló una heladería Häagen-Dazs. 
-¿Quieres bajar?- miró el reloj de su muñeca, un reloj de cuero marrón de Tommy Hilfiguer que precisamente ella le había regalado un año atrás, un 14 de febrero, para celebrar la festividad de San Valentín. Más recuerdos. -Tenemos algo de tiempo, pero tampoco querría llegar tarde. Me comprometí con tu madre a llevarte.
Samantha se limitó a asentir con la cabeza. Esperó a que aparcara el coche, y juntos cruzaron la calle. Entraron en la heladería, y la chica pidió un helado de dos bolas de Strawberry Cheesecake. Él, acostumbrado a que ella nunca llevara dinero encima, pagó automáticamente, sin preguntar. Samantha se sorprendió. No sabía que fuera tan caballeroso. La verdad es que no le conocía mucho. Las pocas cosas que sabía de él se las había oído decir a ella. Qué difícil era ahora recordarla sin entristecerse. 
Se sentaron en una mesita, y ella comenzó a lamer la cuchara. Fue Samantha la que cortó el incómodo silencio. 
-Era su sabor preferido, lo sabías, ¿no?
-Sí, claro. Siempre se empeñaba en venir aquí, decía que los helados eran el mejor invento del mundo. Le encantaba sentarse exactamente donde tú estás, y mirar a la gente que entraba, intentando adivinar el sabor que escogerían. Casi nunca acertaba, pero era divertido.
-Querías a mi hermana, ¿verdad? Todos decían que acabaríais casándoos. 
-Por supuesto. Desde el día en que la conocí, hasta el día en que... -pequeñas lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas. 
 -Creo que no deberíamos haber parado. Es solo que aún no estoy preparada para decirle adiós. Solo quería unos minutos más para hacerme a la idea. Pero ahora parece más difícil... - a Samantha también se le enrojecieron los ojos.

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